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>> La ciudad de los niños

Los niños para la ciudad del presente

Los materiales salieron de la sala de exposiciones y regresaron a los barrios. Las huellas, los diarios, las cartas, los pictogramas, todo volvió al lugar donde tuvo origen. Este año, después de la muestra que representó el fin de un ciclo en La ciudad de los niños, todas esas piezas regresaron a manos de sus autores: los niños.

Esa exposición, que tuvo su espacio en el Museo de Arte Moderno de Medellín y apoyado por Bancolombia, fue el testimonio de un trabajo conjunto, de la construcción de una idea colectiva, de la búsqueda de la identidad y de la ciudadanía infantil en sus propios territorios, en sus vecindarios, en sus cuerpos. Como dijo Liliana Martínez, coordinadora del programa, fue ese el momento para “sentir que los elementos encuentran un sentido y que, ese sentido, además se puede compartir”. 

Pero más allá de los materiales, de lo tangible de la muestra, de aquello que se recoge y se archiva, el regreso de esos trabajos de todo el año a Laverde, Santo Domingo, Caicedo y El Limonar simboliza también devolverles a esas comunidades, a la ciudad entera representada en sus niños, las reflexiones, los aprendizajes y ese sentido que se busca al construir junto a ellos. 

La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016


Los niños son ciudadanos: opinan, sienten, construyen ciudad

Que los niños no tienen opinión, que no leen, que no escriben más allá del dictado o de tomar copia de un tablero. Que los niños no critican, que deben guardar silencio, que sus palabras no importan, que su interpretación de su entorno es ficción, que no es más que un juego. Que hay que prepararlos para el futuro, dejarles un país o una ciudad mejor. Que para escucharlos y tenerlos en cuenta hay que esperar a que formen un criterio, mientras tanto, hay que seguir llenando el tablero, repitiendo el dictado, diciéndoles que, por ahora, deben callar. 

Fue en Santo Domingo, en la penúltima sesión. Yeferson, Alexander, Jhojan y Edwin estaban sentados en una mesa para el ejercicio de vendarse los ojos y dejarse guiar por el tacto, para sentir los materiales que llevaron las profes y luego dibujar la sensación que generó en cada uno. No escuchaban las instrucciones, no mantenían las vendas en su lugar, “¿no quieren estar?”, preguntó Marcela, una de las talleristas de esa jornada.  En otra mesa, los demás niños esperaban, escuchaban apenas lo que ocurría con el grupo de al lado. 

Iban varios minutos de retraso, la actividad no había podido comenzar. Vita, la otra profe, pidió que la escucharan, dijo que, ante todo “ser profe es hablar con los niños” y les propuso un ejercicio. Yeferson, Alexander, Jhojan y Edwin se encargarían del taller. Ella y Marcela ocuparían el lugar de los niños. Entonces, se sentaron a la mesa y empezaron a conversar de lo primero que se les vino a la mente. Yeferson trataba de que lo escucharan, lo mismo hacía Alexander, pero no obtenían ninguna respuesta. Marcela y Vita seguían en su conversación, poco les importaba lo que pasaba a su alrededor. 

Los niños insistían. En sus caras empezaba a dibujarse una mueca de impotencia. De pronto, desde la otra mesa, Zaira Urrego, de nueve años, todavía con el uniforme de su colegio, lanzó una suerte de escarmiento para sus amigos: “¿Si ven cómo se siente de bueno cuando ellas van a hacer la actividad y ustedes no escuchan?”

No fue una fórmula mágica, pero esas palabras de Zaira, esa interpretación tan cercana a la reflexión que las profes proponían sobre la empatía, sobre necesidad de escuchar al otro, de ponerse en su lugar, son el ejemplo de que los niños están para mucho más que para esperar resignados ese futuro que, según algunos adultos, es el único territorio que les pertenece.

El lugar de los niños

Eso es lo que propone La ciudad de los niños y en eso se centraron las actividades durante este año. En plantear preguntas, en sugerir otra forma de entender a la infancia, que parta de trabajar con ellos y no para ellos. De asumir que la ciudad también les pertenece. 

Con ese propósito surgieron las reflexiones sobre la autonomía, sobre el cuerpo, sobre las trayectorias recorridas, sobre la familia y el barrio.  De ahí, los dibujos, las huellas, los colores, los retratos. Así nacieron los diarios para las ideas propias, también un correo para generar un intercambio y facilitar amistades a pesar de la distancia. 

Esa búsqueda constante para darles un lugar a las ciudadanías infantiles pasó por reconocer aquello que diferencia a los niños de aquí y de allá, pero también de encontrar todo eso que los une, que representa puntos en común, lugares de encuentro. Es la conquista de un lugar para los niños entre las contradicciones propias de una esa ciudad grande, que casi siempre ha sido pensada solo para los grandes.


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