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>> La ciudad de los niños

Hora de encontrarnos: cuando el arte habita el cuerpo

El rectángulo de cartulina casi cabe en la palma de la mano.  Es blanco, liso. Lo interrumpe solo un pequeño recorte en forma de círculo, casi en el centro. “¿Qué les recuerda?”, pregunta Lina, una de las profes. Los niños de Santo Domingo responden: “Un hueco”, “es como la luna”, “es el ombligo”, “es un vacío. Es el libro del vacío”, dice uno de ellos.

Es cierto, es un ombligo, pero primero es un vacío. Como el vacío de ese libro que alguna vez sus profesoras les leyeron en uno de los talleres de La ciudad de los niños, un programa que lidera el Museo de Arte Moderno de Medellín con el apoyo de Bancolombia. Hace parte de la ruta literaria que acompaña el proyecto y es la historia en que Anna Llenas, una ilustradora catalana, reflexiona, a partir del caso de una niña, sobre la capacidad de sobreponerse a la adversidad, pero también de encontrarle un sentido. 

El libro habla de la importancia que tiene asumir los vacíos que son propios de la vida, sobre esas grandes pérdidas y también sobre las pequeñas frustraciones cotidianas. Habla sobre los tapones que buscamos para esos vacíos; esos que exploramos por fuera, pero, ante todo, sobre aquellos que están en nuestro interior y nos permiten encontrar otras formas de interpretar el mundo. 

La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016

Resiliencia es la palabra de moda que resume esa reflexión y que, desde hace algún tiempo, se escucha con frecuencia en Medellín para referirse a la capacidad colectiva de sus habitantes, de niños como los que asisten a los talleres en Santo Domingo, pero también como la de cualquier barrio de la ciudad, de construir vida sobre una historia que ha tenido mucho de dolor y adversidad.      

La tarea era simple. La cartulina con el vacío sería algo así como una tarjeta de invitación, cada niño escribiría en ella lo que preparaba para el momento en que, por fin, llegaría la hora de encontrarse en el Museo con sus compañeros de los otros barrios y compartir los aprendizajes de varios meses de talleres, lecturas, juegos, preguntas. El ejercicio se repitió en todos los barrios del proyecto y los destinatarios serían, precisamente, los niños de los demás lugares; los mismos con los que, en otras sesiones, ya habían intercambiado la correspondencia del Correo de la rosa de los vientos.

Esos amigos a la distancia recibirían entonces sus últimos mensajes, pero en un lugar de tratarse de una despedida, el motivo sería la cercanía del momento para verse de nuevo o, en algunos casos, para estar juntos por primera vez. Entonces, en Santo Domingo, cada uno, a su modo, escribió lo que se le vino a la mente, desde historias de sus mascotas hasta la descripción precisa de los ejercicios aprendidos en los laboratorios de danza. 

Una vez la cartulina dejó de ser blanca y se llenó de palabras y colores, el vacío empezó a hacerse más pequeño y a parecer apenas un punto en medio de cada mensaje. Pero faltaba más: de una pequeña bolsa, las profes sacaron recortes de papel con forma de pies, manos y cabezas. Cada uno escogió aquel rostro que más se parecía al suyo y, luego de pintarlos, los niños los pegaron de la cartulina que ahora era cuerpo, que había dejado de ser solo un papel con un mensaje, para representarlos a cada uno. ¿Y el vacío? El vacío parecía cada vez más pequeño, pero como en el libro de Anna Llenas, nunca dejó de estar. 


El cuerpo, punto de encuentro

La muestra es el cierre de La ciudad de los niños por este año. Es el momento en que todos los aprendizajes construidos con los niños en sus barrios tienen su punto de encuentro en el Museo de Arte Moderno de Medellín. “Con los niños construimos un tránsito simbólico de historias y de narrativas en torno a las preguntas que nos hicimos sobre de dónde venimos, de dónde somos y cuáles son los caminos que hemos recorrido”, explica Liliana Martínez, coordinadora de La ciudad de los niños.

Esas narrativas, esas historias que los niños compartieron durante las actividades del proyecto, se pusieron en relación con el laboratorio de cuerpo y movimiento que construyó con cada grupo José Flórez, el artista invitado. Así, la muestra fue el escenario para poner en escena esa intersección entre el cuerpo y las historias personales. Entre las huellas, la piel y las palabras. 

Allí, en una sala del Museo, los niños se encontraron. Vieron las fotografías que atestiguan también ese camino recorrido en los últimos meses; vieron sus huellas, sus dibujos, sus diarios, sus cartas, los libros que las profes les leyeron al empezar los talleres. Bailaron. Mabel, de Caicedo, pidió permiso para cantar una canción, dijo que quería hacerlo como una muestra de agradecimiento. Todos participaron de eso que, ante todo, fue poner en conversación todo su proceso. 

En una pared de esa sala aparecen sus nombres. Es la firma de su propia exposición. Está enmarcada por sus dibujos y encabezada por el nombre de sus barrios: Santo Domingo, El Limonar, La Verde, Caicedo. Son sus orígenes, el lugar desde donde hoy reconocen el mundo, esos lugares que le dan sentido a la idea de construir una ciudad con los niños.  


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