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Un día para ver con otros sentidos

Un día para ver con otros sentidos

“Hoy nos vamos a quitar los ojos. Vamos a…”, eso fue lo único que alcanzó a decir Marcela, una de las profesoras de La ciudad de los niños, antes de que Yeferson Orejuela la interrumpiera, sobresaltado. “Yo los ojos no me los quito”, respondió con un acento fuerte. En su cara había un gesto de preocupación, parecía genuino. “No –respondió la profe–, no es que te lo vayas a quitar, es que hagas como si te los fueras a poner en la piel”.

Nadie debía quitarse los ojos en esa jornada del programa del Museo de Arte Moderno de Medellín (Mamm) y Bancolombia en el barrio Santo Domingo. Allí, entre calles empinadas y casas que se aferran a las montañas del oriente de la ciudad, ocho niños se sentaban en dos mesas plásticas y, algunos a regañadientes, otros con mucha facilidad, aceptaban que sus profesoras amarraran alrededor de sus ojos una venda oscura para evitar que vieran los materiales del taller. 

El propósito es que los niños se atrevan a sentir con su piel, a oler incluso a saborear. Que por un momento renuncien a uno de sus sentidos y se concentren en otras capacidades de su cuerpo para relacionarse con el mundo que, a veces, quedan relegadas por la inmediatez de la visión. 

La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
La ciudad de los niños 2016
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Cada uno de ellos recibió en sus manos un objeto. Algunos, vencidos por la curiosidad, ya tenían la venda a medio poner y si no la corrían para mirar de reojo. Otros, permanecían con sus ojos bien cubiertos y, cuando sus manos tocaban los materiales, hacían en su rostro una mueca de sorpresa, de asco, de incertidumbre. Una mezcla de las sensaciones que deja sentir lo desconocido por unos segundos.


“Tranquilos –dijo Vita, la otra profe– que nada de lo que tocen los va a morder, los va a picar o los va a quemar”. Y así, las manos se soltaron otro poco, fueron tomando confianza.

—Arroz molido.

—Esas bolitas que crecen en el agua.

—Algodón.

—Una esponja.

—Era arena.

—Cuál arena. Era arroz.

—¿Arroz?

—Pues yo toqué arroz.

Los materiales cambiaban de manos después de unos segundos y, entre cada cambio, la tarea consistía en quitarse la venda por un momento y dibujar. Que esas sensaciones que generaron esos objetos pasaran al papel. “Es que yo no sé dibujar lo que sentí”, dijo Zaira Urrego, nueve años, iba vestida con el uniforme de su colegio. Lo decía con tristeza, la cabeza metida entre los hombros. “Entonces dibuja algo que te recuerde”, respondió la profe. 

Zaira recién había sacado sus manos de un balde de juguete. Fue ella quien habló de bolitas que crecen en el agua. “Eso es como una babosa”, dijo. Y en un rectángulo de cartulina dibujó su propia babosa. No quedó satisfecha. 

Hora de un nuevo cambio, de amarrarse otra vez la venda alrededor de los ojos. Zaira tocó con sus manos un polvo blanco. “Es como una harina –dijo–, pero ¿la puedo probar?”, preguntó. “Si quieres”, respondió la profe. Se llevó una pizca a su boca y sonrió. “Sí, es arroz, es arroz molido”. 

Al otro lado de la misma mesa de plástico, Óscar Orjuela tocaba en silencio las fibras de una esponjilla de brillo. Las estiraba, parecía acariciarlas. Se llevó las manos a su cabeza, recién motilada a ras. Pensó un momento. “Esto parece el pelo mío… Pues, cuando tenía”, dijo enredando sus palabras en una carcajada.  

Luego, a dibujar. Zaira hizo un sol, una playa y un cielo azul que se fundía con otro azul más profundo del mar. “Es que el arroz me recuerda la arena y la playa es como la arena”. Fue más fácil que dibujar la babosa. A Zaira le gusta el mar, no lo conoció hace mucho. 

Alguien preguntó por el color piel. Vita, la profe, respondió que ese color no existía. Que hay muchos colores de piel. Óscar, mientras tanto, se dibujó a sí mismo. Al Óscar de piel negra, a ese antes de motilarse, con su pelo negro, grueso, ensortijado. Dibujo en su rostro una sonrisa, parecida a su sonrisa real. Para él, renunciar a sus ojos por un momento fue la oportunidad de sentir de otra forma, de reírse de los detalles más pequeños, de volver a sus raíces.  


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