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>> La ciudad de los niños

Pieles de todos los colores

Mi mamá es blanca y mi papá es mono. Mi tío es negro y mi otro tío es blanco. Mi mamita es negra y yo soy negrita. Y mi abuelo es blanco, pero él se murió por un ataque de nervios”.
¿Un ataque de nervios? Lo cierto es que el abuelo ya no está, pero dejó su color. Ese del que habla Mariana Perafán, del barrio El Limonar, en San Antonio de Prado. Esas palabras están escritas en su diario, una libreta en la que, como lo hacen todos sus compañeros de La ciudad de los niños, registra aquello que más le llama la atención de las actividades del programa, pero también esos detalles de su vida diaria que considera importantes y quiere guardar, con su propio relato, en un espacio que es, al mismo tiempo, el resguardo de lo público y de lo íntimo.
Esta vez, lo que conserva en su diario, en esas pocas líneas, tiene a su piel como protagonista. Es un recuento de colores, una mirada a su entorno más cercano. Es la expresión en un cruce de matices de su historia familiar. Esas palabras son el testimonio de sus orígenes. Como el de ella, esos testimonios sobre la piel recogen historias de viajes, de heridas, de recuerdos. 

El ejercicio de preguntarse el porqué de su color de piel empezó con un círculo. Los cuerpos dispuestos en ronda, ojos cerrados, una respiración honda y consciente. Luego, cada uno imagina una imagen de su cuerpo, más tarde esa imagen se concentra solo en la piel. La idea es pensar cómo la piel es el contacto con todo lo que nos rodea, cómo se conoce el mundo a través de ella y sus sensaciones. 

La ciudad de los niños
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Luego, los niños se incorporan, mueven sus articulaciones y poco a poco abren sus ojos. Están listos para compartir la historia de su piel. El ejercicio, sin embargo, permite hasta una interpretación propia de la genética. De esas razones que, aunque no sean científicas, se pueden simplificar en sumas y restas de colores y texturas. Evelyn Betancur, compañera de Mariana, de su mismo barrio, lo explica así:

Mi piel es suave porque mi mamita tiene la piel suave y trigueña, y mi papito, igual de trigueño. Entonces, mi mamá salió blanca, súper blanca, y mi papá, también una piel blanca y morena. Entonces yo salí con los colores de piel mezclados. Salí con piel café con leche, más leche, pero también café”. 

“Blanquitos metidos en negrito”

Así como antes lo fueron los pies, por ser esa parte del cuerpo que atestigua una trayectoria y el camino recorrido, esta vez el testimonio de experiencias, del cuerpo sentido y de las vivencias que se proyectan en él, se encuentra en la piel. Ese órgano, el más extenso, a veces olvidado y, tal vez, el más golpeado. Ese que representa la similitud y la diferencia. El vestido con el que sentimos el mundo de afuera, el contacto de nuestro sentir interno con el exterior.

Esta vez en el centro de la reflexión está la piel que nos etiqueta, pero, sobre todo, nos identifica. En La ciudad de los niños preguntarse por ella y su historia pretende reconocerla como testimonio de familia, de raíces y de orígenes. Pretende hacer consciente que la piel es al tiempo tacto, color, sensaciones, cicatrices, costumbres. En todo caso, reconocerla como un símbolo de diversidad.

“Hoy aprendí que hay diferentes tonos de piel, como:
-Mestizos: son un poco más blanquitos
-Morenos: son blanquitos metidos en negrito
-Negritos: son muy negritos
-Trigueños: un poco negritos en blanco”.

Eso fue lo que recogió Dalyn Alejandra Rueda, también de El Limonar, del taller de ese 27 de septiembre. Esas palabras están acompañadas por un dibujo: nubes, una flor, un árbol, un sol. También está ella vestida de fucsia, pelo café. Un moño del mismo color de su vestido. En su rostro se dibuja una sonrisa tímida, los ojos parecen dirigidos hacia su propio cuerpo. Su piel en el dibujo es trigueña. Es algo de ese “negritos en blanco”, de esa historia de muchos colores que la hacen como es. 


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