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>> La ciudad de los niños

Un diario para conectar las manos y el corazón

Dice Salomé en su diario que mirar al cielo le hace recordar a las personas que ya no están junto a ella. Que las olas del mar le ayudan a pensar en el amor y en la amistad. Que se siente muy feliz con Vita, una de sus profes en La ciudad de los niños. Que su cabeza es redonda, sus cejas son suaves, sus ojos son pequeños y sus pestañas son largas.

Dice Salomé que se sintió rara con los ojos vendados. Que se imaginó en un bosque, caminando entre árboles. Dice Salomé que cuando puso la huella de sus pies en una hoja se sintió como si acabara de nacer. Que con esas mismas huellas quiere conocer a Canadá.

Salomé vive en El Limonar, en San Antonio de Prado, pero las páginas de su diario son el contacto con sueños que van mucho más allá de su entorno cercano. Esa libreta recoge, con su propia voz, lo que ocurre en los talleres de La Ciudad de los niños. Guarda en esas líneas momentos que de otra forma quedarían solo como escenas en su memoria y que, seguramente se irían diluyendo con el tiempo. Pero al convertirse en palabras escritas, se transforman en un testimonio para que sus recuerdos sobrevivan y también en el reflejo de sus alegrías, de sus miedos y de su imaginación. 

La ciudad de los niños
La ciudad de los niños
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La idea es que los talleres tengan un componente literario y pensamos en el cuaderno personal para que los niños pudieran escribir, dibujar, pintar, conectar las manos y también el corazón desde su expresión en ese diario”, dice Marcela Pérez, una de las talleristas de La ciudad de los niños, un programa que adelanta el Museo de Arte Moderno de Medellín con el apoyo de Bancolombia. 

Mezclados con sus palabras, las páginas del diario de Salomé tienen también un dibujo de la luna, uno de las olas del mar, uno más de una laguna y otro de un cielo estrellado con un sol radiante que deja destellos naranja. En la tapa de la libreta, un cartón café de papel reciclado, aparecen dos flores y un corazón. También su nombre. Abajo dice “mi diario” y el punto de una de las “i” lo reemplaza un corazón.

Es simplemente su propia expresión. El diario se ha convertido, para los niños de los cuatro barrios del programa, en el escenario para traducir en palabras e imágenes su propia interpretación del mundo, con la libertad que ofrece el ejercicio íntimo de la escritura, sin presiones ni pretensiones que vayan más allá de la idea de que en esas páginas simplemente se muestren como son.

Por eso, en los diarios aparecen testimonios de viajes al espacio, de juegos, de amores, de heridas, de paseos, de historias familiares. Esas ideas que hacen parte de la vida cotidiana de los niños y que, a veces, parecen pasar a un segundo plano en medio de aprendizajes formales que suelen desconocer sus preocupaciones, sus expectativas y sus propias formas de verse a sí mismos y de interpretar su entorno.  

Esa niña llamada Ana Frank
Fue en una salida al Museo Casa de la Memoria donde los niños conocieron la historia de Ana Frank. Se conectaron con esa niña judía alemana que dejó en su diario un testimonio para el mundo del tiempo que pasó escondida junto a su familia durante la Segunda Guerra Mundial. Ese tiempo de encierro antes de ser capturada y llevada al campo de concentración donde murió.

Había una exposición de Ana Frank –dice Marcela– y tomamos como referente su diario. Muchos se conectaron con esa historia. No leímos el libro, simplemente les contamos, pero ellos se conectaron con esa niña que estaba escondida a sus 12 años y que escribía. Les explicamos que esos diarios al final fueron publicados”.  

Para ese momento algunos niños querían mantener sus diarios en secreto, querían que lo que escribieran allí se quedara solo para ellos. En cambio, otros querían hacerlo público, compartir sus palabras con sus profesores y sus compañeros. Ambas opciones eran respetadas, pero la historia de Ana Frank y su diario fue la puerta de entrada para que algunos más quisieran hacer público lo íntimo.

Conocer la historia de esa niña que describió su propia cotidianidad y que de esa forma dejó un testimonio que hoy hace parte de la historia, no solo de ella sino de la humanidad entera, pudo ser también un antídoto contra la desconfianza en la propia escritura.

Es que no somos una cultura de escritores –explica Marcela–. A algunos no les gusta y tienen una resistencia frente a la escritura. Entonces no es fácil llevar a alguien a que escriba y a que lo haga de manera creativa. En la escuela escriben del tablero o de un libro. Pero con el detonante o el pretexto que los invite, aparecen cosas muy bonitas: un niño describe en forma de cuento lo que pasó en un taller, cómo fue el contacto con su cuerpo, cómo cerraron los ojos y cómo percibieron todas sus formas. Otra niña escribió que su pie se parece a un mapa. Esa es una imagen muy bella”.

Y todas esas imágenes están ahí, resguardadas en esos cuadernos de notas y dibujos que no pretenden más que describir la cotidianidad, que se debaten entre lo público y lo privado, pero que en todo caso demuestran que los niños tienen una voz propia, que lo único que necesitan es papel y lápiz. 


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