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>> La ciudad de los niños

¿Por qué una ciudad de los niños?

La ciudad es centro y periferia. Es valle y montañas. Es contradictoria: vital y muchas veces cruel. La ciudad es de niños y grandes. Pero han sido solo los grandes quienes la han moldeado a su antojo. Para los niños queda la suerte del futuro. Ellos son apenas habitantes de un espacio en el que, creen los adultos, poco intervienen. Un territorio del que, mientras sean niños, se supone, no tienen mucho para decir.
 
La ciudad de los niños propone una fórmula diferente. Son ellos, los niños, que sí escriben, quienes se empoderan de su realidad, de su entorno y de sus propias historias. En cuatro sectores de Medellín: Santo Domingo, Caicedo, El Limonar y la vereda La Verde  los niños se reúnen una vez a la semana para compartir experiencias y construir su propia interpretación de ellos mismos y de sus territorios.
  


La ciudad de los niños
La ciudad de los niños
La ciudad de los niños
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La ciudad de los niños
La ciudad de los niños
Cada uno de esos encuentros es para dibujar y dibujarse, escribir cartas a otros niños como ellos en algún lugar de la ciudad, escuchar una lectura, reconocer su cuerpo y su ciudad. Reconstruir sus propias huellas en el mundo, recordar los momentos felices y resignificar aquellos que han sido dolorosos.

Se trata de “reconocer las ciudadanías infantiles”, explica Liliana Martínez, coordinadora de La ciudad de los niños, programa que desde hace cinco años desarrolla el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) con el apoyo de Bancolombia. Y habla de “reconocer” porque los niños son interlocutores. No se trata de llevar una metodología de molde sino de construirla juntos.

La ciudad de los niños es un encuentro entre las niñas, los niños y los adultos –dice Liliana–. Un encuentro potenciado por lenguajes, por el territorio, por las preguntas de los niños y las preguntas de los adultos, y por la confianza y el deseo de construir un espacio para que esas maneras de ver el mundo se puedan encontrar.”.

Entonces, el punto de partida es reconocer que la edad no puede ser una barrera para vivir, pensar y sentir la ciudad. Que los niños tienen su propia forma de explorarla y de imaginarla. 
Para las talleristas que acompañan las actividades de La ciudad de los niños –en esta etapa todas son mujeres más por coincidencia que por decisión–, los medios para reconocer las ciudadanías infantiles están en el arte y la literatura. Es con la pintura, la escritura, la danza, la lectura y otras formas de expresión que los niños pueden ser ellos mismos.

De esa forma es como el Museo, en el programa financiado por Bancolombia, hace su propia lectura de la propuesta de Francesco Tonucci, el “niñólogo” italiano que propuso, primero, escuchar las verdades que encierran las ideas de los niños y, después, pensarse la ciudad como una construcción con y para los más pequeños.

Pero el objetivo no es formar artistas, sino provocar y sensibilizar. Proponer discusiones alrededor de la percepción que niños y adultos tienen del lugar que ocupan y de las relaciones que establecen. Eso, dice Liliana, es un ejercicio de ciudadanía plena que, en el caso de los niños, muchas veces se diluye por cuenta de la percepción de potencialidad que sobre ellos crean los adultos.
Lo cierto es que esos niños, todos, a veces también se dispersan, pelean, ofenden. Pasa, porque como dice Vanessa Acosta, coordinadora general del proyecto, “no trabajamos con niños ideales, trabajamos con niños reales”. Es justo por esa razón, porque los niños son reales y cargan con sus sueños, pero también con sus problemas, que el programa todo el tiempo está en construcción desde el aprendizaje cotidiano.

Eso implica revaluar formas, ideas e incluso el lenguaje. Se necesita, dice Liliana, una pedagogía del afecto. Un “deseo vital” que va más allá de lo laboral y lo profesional: “Ojos que brillen y, como diría Gianni Rodari, el escritor italiano de literatura infantil, unas grandes orejas verdes. Personas muy dispuestas a escuchar a los niños y a sentir que están haciendo algo con los niños y no para los niños. Sobre todo, personas dispuestas a fracturar esa presencia de autoridad y de saber absoluto que tienen los adultos respecto a los niños”.

Esa idea de saber absoluto de los mayores y de que los niños moldearán la ciudad solo cuando tengan edad para hacerlo se trastoca cuando se le da valor a esas voces que usualmente se dejan para después. “Lo que pasa es que a veces los adultos les arrebatamos el presente a los niños –explica Liliana–. Se nos olvida que ellos también son ciudadanos plenos que disponen su palabra”. 





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