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Historias de La ciudad de los niños

Estamos sentadas en una banca afuera del museo, han pasado seis años y Bibiana regresa a este sitio entrañable. Acaban de bajarse del bus en el que viene acompañando a un grupo de niños de la Fundación Huellas, en la cual hoy es voluntaria, “los niños siempre han sido lo mío”, dice, y no es solo un decir, verla en acción es la mejor prueba de su compromiso. Sus ojos vivaces permiten imaginársela cuando ella era uno de esos pequeños que llegaba al museo a descubrir este espacio desconocido, ávida de conocimiento y nuevas experiencias. Creció en el barrio Santo Domingo junto a su mamá Ana Clarisa, ama de casa; su papá Luis Aníbal, oficial de construcción y sus cinco hermanos mayores. Recuerda que ese 2009, cuando tenía 11 o 12 años, unos vecinos los invitaron a participar en un proyecto de inglés. “Yo entré al grupo infantil y mis hermanos al juvenil, pero no eran clases de inglés, era el proyecto del MAMM; nos reuníamos cada ocho días los sábados en el colegio Antonio Derka, con los talleristas Marcela y Javier”. Disfrutaba mucho lo que hacían: dibujar, escribir, inventar monstruos, imaginar la ciudad y cómo les gustaría que fuera, el cuidado del medio ambiente, había muchas actividades, jugaban con plastilina, con crayolas, con marcadores, con vinilos… También hacían visitas al museo, inicialmente a la sede del barrio Carlos E. Restrepo, y luego a la de Ciudad del Río: “Todo era novedoso, desde entrar a una sala y que la puerta se abriera sola, era genial, muy bonito. Nos llevaban al parque, nos divertíamos”. Fueron dos años de mucho aprendizaje para Bibiana, años de sembrar semillas en su cuerpo, mente y alma, que luego contribuyeron a que aquél sueño de niña de ingresar a la universidad, se hiciera realidad. De alumna a voluntaria acompañante Pasar por La Ciudad de los Niños es más que ir a un encuentro semanal de dos horas, es abrir en sus participantes inquietudes, retos, deseos, quizás por ello para Bibiana fue natural después entrar como voluntaria a la Fundación Huellas en Santo Domingo La Torre, entidad aliada del proyecto La ciudad de los niños. Un encuentro con quien había sido su profesora años atrás y una invitación muy oportuna, la vincularon con una entidad que, como el museo, hoy lleva en el corazón. “Mi profe me invitó una Navidad para que la apoyara como animadora, desde entonces me quedé y así volví a entrar en contacto con el progama, lo cual me dio mucha alegría y me llenó de recuerdos”. Una puerta abre otra, eso lo sabe bien hoy Bibiana, pues aquél “lejano” sueño de entrar a la universidad, que parecía imposible cuando estaba en el colegio, se cumplió; inicialmente entró al Censa a hacer una carrera técnica, cuyo costo podía cubrir su familia, entonces en la Fundación Huellas le preguntaron por qué no estaba en la universidad si ellos podían apoyarla. No se lo pensó, hizo los trámites y en 2015 entró a estudiar Licenciatura en educación preescolar a la Luis Amigó, “con miedo de tener muchas lagunas de conocimiento. El primer semestre fue muy duro, pero aprendí mucho; creo que es un reto que debemos asumir, y aunque tengamos lagunas esto tiene solución, hay que ser juiciosos. Me dio muy duro la ortografía, pero estoy trabajando en ello. Fue todo un cambio, el primer día me preguntaba cómo sería todo, pero aterricé y fui muy feliz todo el semestre; he conocido mucha gente, yo por fortuna soy muy amigable”. Bibiana está convencida de que hay personas que marcan la vida, que todos aquellos que entran a la vida de alguien, dejan una huella. Pagar la universidad es otro asunto que agradece a la Fundación Huellas, que tiene un proyecto “Uno más uno somos todos”, el cual le aprueba entre 70 y 75% de la matrícula, y el resto se lo ayuda a cubrir la fundación con un préstamo que va pagando con la bonificación que le dan cada mes. En suma todo sale de Huellas, y ya su familia le ayuda con gastos para fotocopias, alimentación y transporte. De seis hijos, ella es la única que ha asistido a la universidad, lo cual también agradece a sus papás y hermanos, otro de sus grandes apoyos. Y ahí no paran sus actividades, pues en ocasiones Bibiana trabaja con el Inder los fines de semana, gracias a un profesor de salto doble cuerda que estuvo en la Fundación un tiempo, y con quien mantienen contacto. Van a algún barrio y hacen actividades de recreación y deporte, así ganan un dinero extra. Crear y creer Bibiana Úsuga Duarte, pionera de La ciudad de los niños, es hoy una joven a quien le gusta interactuar con los pequeños. “El MAMM significa mucho para mí, pues me enseñó a darle valor a lo que yo sé. Recuerdo mucho a Marcela y Javier, los talleristas, que nos decían: ‘Creen, su mente les permite crear; todo lo que se imaginen, todo lo que sueñen, lo pueden hacer realidad’; por eso digo que aprendí a darle valor a lo que yo podía crear gracias a mi imaginación”. Está convencida de que estas iniciativas abren puertas: “Te dan la oportunidad de muchas cosas, porque en vez de estar en la calle perdiendo el tiempo, estamos entretenidos soñando, viviendo otros espacios, compartiendo, creando, imaginando cosas bonitas, que realmente cambian la vida de los niños; por eso me encantan estos espacios. Ojalá todos los niños tuvieran oportunidades como éstas, porque le dan un rumbo positivo a la vida”. Tenme al futuro, pero se ve en un colegio como profesora. “Me imagino clases estupendas, creo que soy una profesora gruñona, pero me encanta compartir con los niños, enseñarles lo poco que sé. También me veo en otro país, pues en la fundación hay un voluntariado internacional, que te da la oportunidad de viajar, ahora tengo dos compañeros en Ecuador, y a mí me encantaría ir. He tenido muchas oportunidades y sé que muchos jóvenes no las tienen, por eso estoy en el deber y la obligación de aprovecharlas”.

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