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Memorias I Coloquio

En 1981, el Museo de Arte Moderno de Medellín organizó el Primer Coloquio Latinoamericano de Arte No Objetual y Arte Urbano, evento que incluyó una conferencia de arte contemporáneo, exposiciones de arte y una serie de performances y eventos de convivencia social.

El evento fue coordinado por el curador Alberto Sierra, uno de los fundadores del MAMM y dirigido por el crítico Juan Acha. Esta primera versión del Coloquio se presentó a la par de la IV Bienal de Medellín y se destacó porque reunió a un grupo de gestores culturales y artistas plásticos de la región, quienes conversaron en torno a la producción artística del momento a través de lo vivencial, en cuerpo y alma, más allá de lo expositivo.

El Coloquio fue, además, una oportunidad de realizar ejercicios museográficos, reconociendo la importancia espacial, pero desatándose de las narrativas lineales, las incidencias simbólicas y plásticas que se promulgaban en los circuitos del mercado de arte. En contraste, la IV Bienal de Medellín era semejante, espacialmente y en contenidos, a lo que hoy en día se podría ver en una feria de arte contemporáneo. Si bien había excepciones, la mayoría de las obras exhibidas era pintura de caballete y escultura modernista, o sea, obras dependientes del muro y pedestal y asumiendo la necesaria relación con el cubo blanco para su legitimación como objeto de arte o pensamiento.

Por tal motivo, el Coloquio de 1981 se desligó de esos formatos “modernistas” que enfatizaban la autonomía del objeto artístico, pero manteniendo conexión con valores del “ready-made” Duchampiano. Con ello se buscó dar sentido o continuidad a ciertos “gestos” y “actitudes”, como una estrategia estética crítica para crear significado y no solo una expresión plástica a contemplar. Lo no-objetual se refería a todo aquello que emergía y que a la vez se salía de lo común, del espacio físico museístico y temporal de la actividad. Ese salirse — del bastidor o un muro, de un pedestal o una forma positiva — era lo que el Coloquio propuso para aquel entonces. 

Si bien las ponencias presentadas en la conferencia delataban nuevas genealogías de arte que se venían desarrollando en la región, fueron los eventos, aquellos gestos alrededor de las conferencias, lo que generó la diferencia y le dio relevancia en el tiempo. Allí las ideas del arte no-objetual se arraigaron en aspectos de lo ritual y autóctono, sin separarse de la contemporaneidad o recaer en discursos indigenistas. 

Esto era pólvora por acá, fiesta por allá”, así fue como el coordinador del Coloquio, Alberto Sierra, describió el ambiente de aquella primera edición en 1981. En otras palabras, ese “salir” y ser parte de algo, es lo que hizo al Coloquio representativo en su momento y a la fecha. Autores y público, productores y testigos, evidenciaron el peso que el Coloquio dio a lo presencial y la convivencia, creó un tejido social entre la comunidad artística a nivel regional.